¡Es hora de reaccionar! Por: Griselda Reyes

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Foto: cortesía

De 2020 han transcurrido apenas 14 días, y en los primeros 13 fueron asesinadas 11 mujeres venezolanas, entre ellas una niña de 9 años y una adolescente de 16. La mayor de las víctimas tenía apenas 40. La vida les fue arrebatada, en casi todos los casos, por sus parejas o exparejas, enamorados, esposos o exesposos, incluidos algunos adolescentes. Asesinadas por el simple hecho de ser mujeres.

Venezuela se ha convertido en un pequeño infierno donde puede ocurrir cualquier absurdo: la siembra de cizaña que comienza por quienes ostentan el poder, la impunidad reinante, la corrupción del poder judicial y la degradación de los cuerpos de seguridad del Estado, alimentan el caldo de cultivo que hierve en las pailas de ese abismo.

La pobreza física o material, la miseria emocional y la inopia mental, se conjugan en una población que ha sido maltratada, vejada y humillada durante años por gobernantes inescrupulosos que, haciendo uso de la fuerza, someten a quien no se doblega.

La ley entra por casa, dice un dicho popular, pero en el caso de Venezuela no ocurre así. Desde las esferas de poder se violan todos los Derechos Humanos de las mujeres porque el venezolano, culturalmente, es machista.

Irónicamente, el desgobierno que se dice socialista y defensor de las mujeres, es el principal violador de sus derechos. A él corresponde elaborar y ejecutar políticas destinadas a la protección de las mujeres, pero también llevar a la práctica y garantizar las ideas de igualdad de género.

Mientras en sus cabezas permanezca la idea de que el hombre es por naturaleza superior a la mujer, el país no avanzará. La exclusión y la discriminación se seguirán haciendo presentes.

El año 2019 cerró con 142 feminicidios, según reveló la organización Tinta Violeta. Esto equivale a algo así como 11 muertes por mes. Y en 14 días de enero, llevamos ya 11 asesinatos de mujeres.

El comportamiento es tan inusual, que hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA), se manifestó preocupada, y a través de la red social Twitter indicó que “en algunos casos, habrían mostrado signos de tortura y violencia sexual”.

Además, recordó a las autoridades venezolanas su obligación de realizar, de oficio, “investigaciones serias, imparciales y efectivas” y le recomendó “reforzar la capacitación con perspectiva de género a los agentes de Estado en instancias policiales, investigativas y judiciales”.

La instancia internacional está igualmente consternada por la “alarmante prevalencia de asesinatos de niñas y mujeres por razones de género en Venezuela”.

A pesar de las recomendaciones que la CIDH hizo al Estado venezolano, de adelantar acciones necesarias para erradicar la violencia y la discriminación contra las niñas y mujeres venezolanas, sabemos que al desgobierno le importa poco lo que ocurra con las mujeres de este país, las principales víctimas no solamente de la violencia de género, sino de la crisis humanitaria compleja que nos azota desde 2014.

El feminicidio no se puede justificar desde ningún punto de vista y mucho menos por razones pasionales.

Es hora de que las mujeres venezolanas nos organicemos frente a un flagelo que amenaza con extenderse. Las mujeres debemos entender que los insultos, las malas palabras, las agresiones físicas, verbales y emocionales jamás pueden ser vistas como expresiones de amor.

Las mujeres tenemos que empezar a trabajar nuestro amor propio y no aceptar maltratos de nadie. Este 2020 debemos marcar pauta, ayudarnos a valorarnos, a impulsarnos. ¿Cuántas mujeres tienen grandes ideas que no ejecutan porque siempre hay un saboteador que les dice “no puedes”, “no eres capaz”?

Venezuela está preñada de mujeres valiosas, muchas preparadas, otras con una enorme experiencia que les ha dado la vida, pero que encuentran en los hombres el principal obstáculo para surgir, para despegar, para emprender, para ejecutar.

Si el timón de este gran barco que se llama Venezuela estuviera en manos de mujeres, el rumbo de nuestro país sería distinto. Pero la mezquindad –y hasta inseguridad– del hombre que se cree superior, nos ha llevado hasta este averno en la tierra.

Las mujeres venezolanas tenemos mucho que aportar al país, porque nosotras solo queremos ver progresar a nuestras familias; queremos vivir con tranquilidad y seguridad; queremos brindarles educación de calidad a nuestros hijos; queremos trabajar y proveernos nuestro propio sustento, sin tener que rogarle al mandatario de turno una caja de comida o un bono; queremos vivir en un país normal, donde podamos reunirnos en familia y no tengamos que ver a nuestros seres queridos a través de medios tecnológicos; queremos morir de viejas y no de enfermedad; queremos que nuestro esfuerzo sea reconocido y que el trabajo hecho sea remunerado en justicia; queremos que no nos discriminen por el hecho de ser mujeres; queremos ver un país diferente, donde haya libertad y democracia, y donde cada quien se provea el alimento “con el sudor de su frente”; queremos trabajar para recuperar los valores y principios perdidos; queremos solo eso: ser mujeres, a las que se le respeten todos sus derechos. ¡Es hora de reaccionar!

Vía: La Patilla