Difícil pero no imposible, el amor en tiempos de pandemia

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Dada la evidente gravedad del asunto, la pandemia nos está dejando situaciones periféricas que, por poco relevantes, pasan desapercibidas entre el albañal de la opinión pública.

El confinamiento nos ha traído consigo un fenómeno de lo más curioso en el siempre indescifrable campo del amor.

La nueva formación de parejas virtuales nacidas al calor de la pantalla, a las que les ha dado tiempo a romper antes de conocerse en persona. Parece la metáfora perfecta de la sociedad en la que vivimos, en la que la prisa es reina y emperatriz del mundo, y la idealización repentina y sin motivo, el estímulo permanente y el desencanto inevitable completan el paisaje de nuestros tiempos. 

El proceso podría resumirse en la siguiente secuencia: dos jóvenes se conocen en , la confianza generada les empuja a dar el salto a WhatsApp, plataforma en la que hablarán todos los días durante dos meses, en los que se darán el gustazo de intimar un poco más a través de las videollamadas. Mientras esto ocurre, la rutina y la ausencia de contacto físico hará que uno de los dos, cuando no los dos, se canse de estar seis horas con cara de bobo ante la pantalla, poniendo fin al romance virtual sin haber llegado a oler a la persona deseada. Millennials a los que se les rompe el amor de tanto usarlo.

Sabemos de sobra que la pandemia va a restablecer un nuevo orden mundial, y hará que nos replanteemos el funcionamiento de campos como la economía, la sostenibilidad o la movilidad. Lo que quizá resulte más llamativo es que ni siquiera algo a priori tan eterno y atemporal como las relaciones amorosas esté exento de su alteración por el impasible virus.

Si numerosos expertos vaticinan un futuro marcado por el teletrabajo, el recelo a las grandes multitudes y en general el distanciamiento social como medida preventiva; imagino que el amor post pandémico traerá consigo una cada vez más acentuada ausencia de piel ajena, así como una dependencia emocional absoluta hacia la pantalla del móvil, si cabe, mayor de la que ya tenemos. Y acojona, francamente. Por lo menos a mí.

Precisamente fue esa falta de tacto literal lo que supuso el fin de mi relación virtual. Hay casos peores, claro, como el de aquellas parejas que han vivido estas semanas en la distancia, o peor aún, el de aquellas que, a fuerza de convivir las 24 horas durante dos meses y medio, no han podido superar el arduo trámite de la convivencia conyugal. Más que un confinamiento parece una condena. No deja de ser paradójico que en ambos casos la convivencia sirva como principal amenaza para dinamitar la relación, ya sea por su absoluta ausencia o por el exceso de ella.

Lo que me ha ocurrido a mí y a tantos otros no deja de tener un componente romántico ingenuo, una especie de melancolía por lo que pudo ser y no fue. Pocos momentos son tan mágicos como el de la idealización de la persona recién conocida, con la que te ves compartiendo un futuro común repleto de planes que nunca llegaremos a hacer. En ese estado de ensoñación febril los gritos, las malas caras o los roces inevitables en cualquier relación ni siquiera se plantean como una posibilidad. Al fin y al cabo, ninguna pareja funciona tan bien como en nuestra imaginación.

Claro que tan trágico desenlace tiene una lectura positiva. Siempre podremos achacar al virus nuestros fracasos sentimentales, lo cual en cierto modo supone un alivio, eximiendo de culpa nuestra falta de dotes amatorias. Factores como la ausencia de empatía o resultar un puto coñazo son relegados a un segundo plano, porque la responsabilidad de la ruptura queda en manos de una causa de fuerza mayor. Conocí al amor de mi vida, pero una pandemia mundial conspiró en contra de nuestra felicidad y no pudimos seguir adelante. ¿Quién renunciaría a tan prosaica desdicha?

Para todos los que nos hemos visto en esta situación nos es inevitable sentirnos un poco como Joaquin Phoenix en Her, enamorado hasta el tuétano de un sistema operativo con la voz de Scarlett Johansson. Sospecho que el miedo real no es tanto al rechazo, sino a la soledad. Por eso encontramos en la pantalla un aliado y nos refugiamos en ella, por su condición de eficaz remedio contra el aislamiento. Pasolini decía que hay que ser muy fuerte para amar la soledad, y yo siempre he reivindicado este concepto. Claro que la soledad es muy hermosa cuando tienes alguien a quien contárselo, incluso para los que nos incluimos en el club de los corazones solitarios.

Va a ser cierto lo de que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca ocurrió. En mi caso particular, la ruptura virtual no me supuso ninguna tristeza, más bien indiferencia, y sospecho que a la otra persona le pasó lo mismo. Lo verdaderamente triste es ya no estar triste sin ti.